Francesca Güell y López

Francesca era una de las hijas menores de Eusebi Güell, el culto industrial mecenas de Antoni Gaudí, y de Isabel López, hija del marqués de Comillas, fundador de la Universidad que lleva su nombre. De los ocho hermanos, Francesca era la única que no tenía título nobiliario. La casaron con Francesc de Paula de Moixó i de Setmenat, marqués de Sant Mori, localidad del Alt Empordà, Catalunya. Tuvo tres hijos: Luisa, Inés y Antonio. Francesca era una mujer reflexiva, de mirada profunda. Los cercanos a ella no la entendían, la llamaban con ironía: “cura Güell”. Cultivaba la pintura expresionista. Sus cuadros responden a una religiosidad profunda, casi mística. Diríase que era como una pintora occidental de iconas. Le gustaba unir textos a sus pinturas. Pintó un Sagrado Corazón con flamas y la frase de Beaudemon: “Le coeur est un foyer sa chaleur devient parfois lumiere!” . Tenía entre manos un “Ecce homo”, inacabado, cuando adquirió la parte principal de Sant Jeroni de la Murtra. Entonces contaba con más de sesenta años.

Su vida no fue fácil. Nació en el pueblo de Versalles (Francia), en 1885, donde sus padres habían tenido que ir, huyendo del cólera que azotaba Barcelona. Era el mismo año en que su padre, junto con el poeta Jacint Verdaguer y el arquitecto Antoni Gaudí, habían proyectado, en homenaje al marqués de Comillas, la recreación del Jardín de las Hespérides en la finca Güell de Pedralbes. A Francesca, el mundo de los intelectuales, de los poetas, de los artistas, le era familiar desde pequeña.

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Francesca Güell vivió las principales convulsiones del siglo XX: las dos guerras mundiales y, entre medio, la guerra civil española (1936-1939) y la dura post-guerra. Fue testimonio de las vanguardias, de la emergencia y el ocaso de las ideologías. Por ello, Francesca quiso que Sant Jeroni de la Murtra, donde el paso de la historia había dejado su huella, volviera a ser para Dios. Quería que fuera un lugar donde intelectuales y artistas buscaran y encontraran la verdad. Y, siempre, en soledad y silencio. Sin discriminación alguna por motivo de sexo, raza, creencia o ideología. Sólo es necesario un deseo sincero de buscar la verdad. Quería, también, que quienes se encargaran de la acogida fuera un grupo alegre y unido.

El cuadro del Ecce Homo había quedado inacabado y Francesca había perdido la vista. Una de sus nietas lo acabó y lo destinaron a Sant Jeroni de la Murtra. El cuadro, una icona, resume el sentido del reposo que Francesca propugnaba. En él se lee: “Y lo que parece debilidad a los ojos de los hombres es fortaleza a los ojos de Dios. Es la grandeza y el poder de Dios”. Y, por detrás: “Un cetro en manos de los hombres es una caña quebradiza, una caña en manos de Dios es un cetro poderoso.”

Francesca murió el 18 de febrero de 1976, en el palacio Moixó de la plaza de Sant Just de Barcelona. Vivió, quizás de una manera tan anónima como hoy descansan sus restos en la iglesia parroquial de Sant Mori, bajo una lápida sin ninguna inscripción, donde está simplemente el escudo nobiliario de su esposo.